/Confianza en la oscuridad: una cena como colecta de fondos para concientizar a la comunidad

Confianza en la oscuridad: una cena como colecta de fondos para concientizar a la comunidad

Coloquialmente, la confianza se vive en el momento en que te dejas caer en los brazos de alguien que está a tus espaldas. No lo sabía aún, pero este acto iba a definir los eventos ocurridos durante la Cena en la Oscuridad, organizada por Vamos a Ver por Ellos el pasado miércoles 10 de abril en el Salón Atenas de Ciudad Juárez.

Vamos a Ver por Ellos es una asociación civil enfocada en la integración y autosuficiencia de las personas con discapacidad visual, según su página web.

“El objetivo es que la gente que acuda a la cena se coloque un ratito en los zapatos de las personas con discapacidad visual”, dijo Carlos Ibarra, director de Vamos a Ver por Ellos. “Durante la cena, el sentido de la vista está completamente cancelado, entonces es el propósito, que la gente que nos acompañe viva la experiencia de entender, de alguna manera, lo que representa el no tener el sentido de la vista, aunque sea en forma momentánea”.

La dinámica comenzó cuando nos dijeron nuestro lugar, antes de entrar al salón. Sección A, mesa 1. Sección A, mesa 2, etc. Todo al que nombraban confirmaba su proceder en la próxima hora, una de las pocas cosas de las que se podía estar seguro.

Proseguimos a entrar en la recepción del salón, aluzados solamente por la ráfaga de luz que entraba de una puerta. Tomamos vino a la luz de las velas y la poca iluminación del lugar hacía que los ojos se acostumbraran poco a poco a la falta de visibilidad, con el rayo de luz delineando el contorno de las personas, como si quisiera perseguir sus sombras.

Tu sentido de la vista iba así, perdiéndose entre las jarras del “rosé” y los cuadros de escenas griegas y mitologías del pasado.

“Ahora les pedimos que confíen, nosotros sabemos en dónde estamos”, oí.

Luces fuera, incertidumbre dentro.

De pronto las manos se vuelven vitales y el equilibrio esencial. Lo que te rodea ahora desaparece y te quedas con tu última memoria, alumbrada por el recuerdo de tu última orientación.

“Les vamos a dar las instrucciones finales de no celulares, de que no pueden prender nada porque un rayito de luz arruinaría la cena”, Ibarra dijo. “Después de eso, vamos a llamarlos por mesa para que se formen. Vas a tomar del hombro a la persona de enfrente y una persona de nuestro equipo los va a llevar a su mesa y les va a indicar su lugar y a partir de ahí se siguen las instrucciones de la cena propiamente”.

Llaman tu mesa y tienes que hallar la manera de situarte, en el lugar correcto, sosteniendo los hombros correctos. Me encontré por primera vez en un lugar totalmente abstracto, percibiendo ansiedades interminables. Se suponía que tenías que encontrar a las personas de tu mesa y hacer una fila, todo a oscuras, como si fuera una petición de lo más común. ¿Pero lo es?

El sentido auditivo fue el mandatario de la noche. Hubo alrededor de 100 personas en un espacio reducido tratando de encontrar su sitio en la fila. Tuve que hablar constantemente, preguntar si pertenecían a mi mesa, cuál era su sección, cuál era el camino.

Fue la primera alarma que me dijo que tendría que encomendarme a otros.

Esto, después me di cuenta, no era solamente fiarme del sentido de guía de los demás, fue también la confianza que debes depositarles para tus actividades más elementales.

Una vez que encontré a alguien de mi mesa, nos tocó ser liderados por nuestra mesera, que nos llevó hasta nuestra mesa dentro del salón. ¿Qué acabo de tocar? Solo fue una silla. ¿Estás bien? No veo nada. ¿Dónde está mi bolsa? Ahí. ¿Ahí dónde?

Llegamos a nuestra mesa como pudimos. Recuerdo examinar detalladamente el contorno de la silla antes de sentarme. El no poderme sentir segura me estaba sofocando.

“Me siento como en una casa de terror”, escuché a lo lejos.

Sí, la casa que a las personas con discapacidad visual les toca entrar todos los días.

¿Terror? De no saber tu ubicación, si alguien está detrás o enfrente de ti, ¿dónde está él tenedor? Tener que descubrir la mesa con tu tacto. Descubrir una canasta, y oler lo que parecen ser panes. Descubrir tu servilleta de tela, con un contorno cocido que no te había tocado distinguir antes. Identificar los cubiertos a tu disponibilidad y también una campana al centro de la mesa para emergencias. ¿Cómo iré al baño? Las preocupaciones aumentan.

Aunque mis ojos se habían acostumbrado a las sombras, las siluetas y los movimientos inexistentes, mi cerebro no comprendía por qué, si tenía los ojos abiertos, no podía ver. Me confundía el hecho de no notar diferencia en cerrar los ojos o mantenerlos abiertos.

Para ironía mía seguía con los lentes puestos. Ya no era cuestión de visibilidad, ni comodidad, ni moda. Resultaron inútiles. Inútiles como mis ojos, y mi vista.

Me quedé con mi memoria de las personas en la recepción del evento, la cara de mi padre, la silueta de mis amigos, la textura de mi vestido, el color del libro que leí esa tarde, las filas interminables del puente, la carta escrita a mano que recibí, el recuerdo de las casas coloridas que se ven desde la biblioteca de la Universidad de Texas en El Paso que me aseguran todos los días que no me he ido de mi Juárez.

Todo eso desapareció. Se esfumó, como la última ráfaga de luz antes de las 8 p.m. de ese miércoles.

Me sentí en modo automático dentro de un restaurante sin nada de lo automático. Escuché las detonantes carcajadas detrás de mí, los estruendosos cubiertos al chocar con el plato, lo ensordecedor de las pláticas en el fondo. Cada uno con su volumen tan definido que parece que todos están pasando justo a tu lado. ¿Esto es lechuga? ¡Comí una fresa! ¿Mesero, estás ahí? Me sentí desnuda, despojada y necesitada.

Recuerdo también tener que analizar minuciosamente el plato y poner mi vaso de manera que tocara el borde del plato, para así saber su ubicación en la mesa. Me acercaba lo más posible al plato para evitar derrames y accidentes indeseables.

El hecho de precisar fue otro descubrimiento. Oí música hacia la esquina superior izquierda tomando como orientación la entrada del salón. Nunca olvidé el patrón de guía al que fui introducida para llegar a mi mesa, y al final supe que estaba en lo correcto. Sabía dónde estaban colocados el grupo musical Deja Vú, quienes estuvieron tocando a oscuras también en el salón.

Siento espaguetti. Sabe a chipotle. ¿Eso es salsa ranch? Mi sentido del gusto se asombró con el control total para redescubrir los alimentos. De entrada, se dio una ensalada con fresas y hojas verdes en salsa ranch. El plato principal fue pollo en salsa acompañado de espaguetti en mantequilla y el postre fue una gelatina con mermelada de fresa.

“Yo nunca había escuchado sobre la cena y me pareció una experiencia muy benéfica para todos”, dijo Alicia Portillo, encargada en la gestión de proyectos para Vamos a Ver por Ellos. “Creo que no solamente es un evento más en el que aportas, sino en el que tú puedes vivir esa experiencia y creo que eso es lo que hace la gran diferencia, creo que esa es la mayor riqueza que tiene esta cena”.

No puedo negar que la ráfaga de luz de aquella esquina al final de la cena me calmó. Todo para enterarme que quien me estuvo atendiendo fueron personas ciegas. Para enterarme que había guías en el suelo para que te pudieras ubicar y que solamente tenías que confiar.

La confianza, el lente de los ciegos, me resulta ahora una solicitud peculiar, sobre todo para una mujer juarense. Sobre todo por los asesinatos y la creciente violencia que recién comienza a redistinguirse en la ciudad hermana.

La confianza significa pedir mucho, muchas veces. Se entiende que se requiere para vivir, y muchas veces se da por hecho dentro de ciertos círculos. Y también se nos olvida algo: es vital para las personas que carecen del sentido de la vista. Esta cena en la oscuridad se trató de eso precisamente.

“Carlos y yo platicábamos sobre hacer crecer la asociación, ya tiene 20 años y yo creo que nuestros niños ya se merecen algo diferente”, Portillo dijo. “Este es un evento que se hace en todo el mundo de hecho, y pues, fue esa idea, tomarla para hacerla nuestra y poder aportar a la sociedad la parte de la sensibilización y sobre todo también valorar”.

La cena es el primer evento de este tipo que organiza Vamos a Ver Por Ellos, con un costo de $1,000 pesos cada boleto.

“Sigue un cambio total, sigue un cambio muy visible y una aportación significativa en el aspecto de que toda la asociación va a tener un cambio de remodelación, de material didáctico, de muebles, todo lo que podamos hacer para que los niños tengan acceso a esos materiales que a lo mejor ahorita no tienen”, Portillo dijo.

Ibarra resalta que aunque el evento tuvo un alcance de 180 personas en total, todavía hay mucho por hacer.

“Obviamente si reconocemos que hay mucho que hacer, hay que crear cultura acerca de la discapacidad visual, hay que seguir en las políticas públicas que pongan en práctica la ley que permitan los espacios para personas con discapacidad visual, que se generen las adecuaciones, una serie de cosas que hay que trabajar”.

Story by Grecia Sánchez.


[Aclaración: el padre de Grecia Sánchez, la editora en jefe de Minero Magazine, y el director de Vamos a Ver por Ellos, Carlos Ibarra, formaron parte de la misma generación en la preparatoria Colegio Bachilleres plantel 6 en Ciudad Juárez y participaron juntos en concurso nacionales y presentaciones del Club de Rondallas a finales de 1980. El padre de Sánchez ha trabajado probono para Vamos a Ver por Ellos como consultor financiero y consejero legal de la asociación.]

[Disclosure: The father of Minero Magazine’s Editor-in-Chief Grecia Sánchez and the Director of Vamos a Ver por Ellos, Carlos Ibarra, were in the same high school generation of Colegio de Bachilleres of Ciudad Juárez and participated together in national contests of Rondallas in the late 1980s. Sanchez’ father has done probono work in financial consultation and legal guidance for Vamos a Ver por Ellos.]

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